En la Edad Media la alta tecnología venía de Oriente. El comercio, basado en especias (clavo, nuez moscada, pimienta) y sedas, pero también en brújulas y pólvora, confluía en Constantinopla tras su paso, bien por el Índico egipcio, bien por la ruta caravanera asiática. De allí se distribuía a toda Europa. Es bien conocido el efecto de oscuridad total, de apagón, que produjo la caída de Constantinopla en poder de los turcos en 1453 y el subsiguiente cierre de fronteras. ¿Y ahora qué? se preguntaron las opulentas flotas de Génova y Venecia, asiduas visitantes del Cuerno de oro. Si no se podía comerciar a través del Asía Menor, la solución elemental era alcanzar las costas indias y chinas dando el rodeo por África y en ello se empeñaron los portugueses que tenían la suerte de estar situados en primera fila de la nueva ruta, igual que antes lo había estado Venecia. Sucesivas bases de apoyo naval en Bojador, Guinea y cabo de Buena Esperanza, fueron acercándoles al objetivo.
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Díaz de Santos
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