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Hollywood, 1930-1960. El cine norteamericano experimenta su máximo apogeo, lo que se ha llamado “edad dorada”, seguido de un lento declive que termina por fundirse con su herencia en aportaciones y lenguaje. Aunque el cine clásico parece alejarse rápidamente del recuerdo del espectador, permanece su esencia a través de sus formas y su narrativa, como paradigma de producto con un acabado perfecto y dotado de unas virtudes que resisten al tiempo. Las composiciones de Bogart, Garbo, Dietrich, Stewart y los autores que dieron vida a sus personajes en la pantalla no pueden pasar de moda. Antes que desde la nostalgia, nuestra reivindicación del cine clásico procede de la investigación de las raíces últimas que sostienen aún hoy toda la creación cinematográfica. Los avances formales y narrativos del cine “antiguo” siguen vigentes a partir de la permanencia de lógicas y construcciones del relato universales, con independencia del formato. Es desde estos parámetros desde los que estudiaremos la producción hollywoodense de los años señalados. Aunque hay espacio y mucho futuro para un lenguaje vanguardista (post-Matrix o post-Dogma’95), el referente gramatical “académico” (o post-Griffith) se mantiene. Nuestra investigación, a través del estudio del personaje protagonista, pretende comprender a fondo los mecanismos de configuración de una categoría narrativa que consideramos puede dotar de coherencia a la práctica cinematográfica clásica. Estos mecanismos de construcción del personaje cinematográfico del Hollywood dorado se mantienen en buena medida como parte de las dinámicas de creación del guión de cine. Es en este hecho que el profesional del guión y del audiovisual encontrará práctica esta investigación, susceptible de aplicación a modelos de protagonistas actuales. Si bien no es posible hablar de un patrón o de un modelo de personaje estereotipado que se mantenga en toda la producción clásica, hallamos una serie de características que dotan de unidad al conjunto. Con todo, y pese a la sofisticación que en ocasiones subyace bajo las meditadas estructuras que suponen un personaje, éste es capaz de llenarse tanto de vida propia que emula con gran credibilidad a la persona real. Scarlett O’Hara lo sabe.
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Díaz de Santos
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