En un pequeño lugar móvil y fungible, en una porción de pan y en unas gotas de vino traspasados por la plegaria, reconocemos, adoramos y nos unimos los cristianos a Jesucristo que llega, anticipando su parusía final para conducir a la Esposa al futuro escatológico… Ese humilde lugar es la primera piedra de la Iglesia de Jesús, de su templo santo; es la simiente que luego se desarrolla en árbol frondoso donde vienen a anidar aves de toda especie. Iglesia que nace sin suelo, pero con mundo interior; Iglesia que, originada extraterritorialmente del sacrificio del Esposo (‘fuera del campamento’, Heb 13, 12s), dará vida a la ciudad humana asentando en su centro el dinamismo de aquel sacrificio; Iglesia que amará la ciudad mientras la atraviesa, porque peregrina hacia la ciudad celestial en compañía del Señor». Estas bellas palabras sintetizan y evocan de forma precisa el estilo, el tono y el contenido de la presente meditación teológica sobre la eucaristía. Las tres grandes crisis históricas que han ayudado a clarificar y atestiguar el sacramento de la comunión eclesial –la presencia real (Medievo), el sacrifico (Reforma) y la comunión (época actual)–, son las que, en definitiva, mejor desgranan este sugerente y actual ensayo
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Díaz de Santos
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