La autora se adentra en los festejos taurinos tanto desde el punto de vista de unas fiestas en que predomina la alegría, especialmente de carácter profano (de ahí, el subtítulo de regocijos), como de su trascendencia social, incluidos los estamentos regio, político y religioso. El lector se puede deleitar con aquel esplendor barroco del XVII y buena parte del XVIII hasta que al término de ese siglo se apuntalaban los cimientos de la corrida moderna, con un espacio propio: la plaza de toros. En el rastreo histórico nos encontramos con los albores de la profesionalización en la organización del espectáculo taurino y con importantes pinceladas económicas. Queda patente, tras la lectura, que la importancia de la tauromaquia en los siglos XVII y XVIII es ya extraordinaria, hasta el punto de que todo el mundo luchaba por una buena entrada. Así, hay datos tan curiosos como el siguiente: en el coso taurino que se montaba en la plaza mayor de Valladolid, el marqués de Siete Iglesias consiguió la cesión de una ventana baja del Consistorio a título perpetuo y, lo que es más extraordinario, lo integró como parte de su mayorazgo
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Díaz de Santos
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